El artículo de Mario López Martínez nos parece que argumenta muy bien las razones por las que la noviolencia ha sido ninguneada por parte de la historia y hace un alegato elegante y convincente para revertir este hecho y empezar a considerar la noviolencia como una parte sustancia e importantísima de la historia. Que lo disfrutéis. Hay algo profundamente errado en la manera en que contamos la historia. No porque falten datos, archivos o interpretaciones, sino porque hemos aceptado sin demasiadas preguntas una premisa tan antigua como cómoda: que la violencia es el principio organizador del pasado humano. Las guerras, los imperios y las conquistas ocupan el centro del relato; la paz aparece, cuando aparece, como un vacío entre catástrofes o como una aspiración moral sin densidad histórica. Este hábito intelectual no es inocente. Al convertir la violencia en norma y la paz en excepción, la historiografía ha contribuido a naturalizar el mundo tal como es: armado, jerárquico y profundamente desigual. Hemos aprendido a pensar que la historia avanza a golpe de cañón y que todo lo demás -la convivencia, la negociación, la resistencia civil, la noviolencia- pertenece al reino de lo secundario, lo ingenuo o lo utópico. El resultado es una narrativa tan poderosa como empobrecedora.



