Por Johan Galtung
La raíz del conflicto está siempre en una contradicción, es decir, objetivos que son incompatibles. Pero un conflicto suele tener también componentes de actitud y comportamiento. Y esas actitudes están generalmente condicionadas por el subconsciente colectivo, la cultura profunda, la cosmología de esa nación, género, clase, etc. Y el comportamiento está condicionado por pautas adquiridas en situaciones de conflicto.
La cultura profunda es un almacén de suposiciones, también sobre los conflictos. Los damos por hecho, es normal y natural, los conflictos son así, sin cuestionarlos. Las civilizaciones se posicionan sobre cuestiones clave tales como si la historia es básicamente lineal y se dirige de cabeza a una crisis cuyos únicos resultados posibles son el cielo o el infierno, o si es relajada, oscilando suavemente a través del tiempo. El espacio se nos define como básicamente dualístico, nosotros y ellos, el Yo contra el Otro, o más diverso. Si es dualístico, ese Otro es percibido como una Periferia que debe ser dominada, un Bárbaro que hay que mantener a raya, o el Mal, Satánico, al acecho y moviéndose a tumbos, dispuesto a saltar sobre nosotros. En tal caso, la cultura profunda puede concebir la historia básicamente como una lucha entre Dios y Satanás, entre otras cosas por nuestras almas; centrarse en las guerras y el héroe que gana esa guerra por nosotros y/o el santo que trae la paz. Y, además, en la más profunda cultura profunda se encuentra la concepción del conocimiento: atomístico, que divide la realidad en pequeñas porciones, frente al holístico, que enfoca la totalidad; y deductivo frente a dialéctico, libre de contradicciones o no.



